lunes, 26 de julio de 2010
Capítulo I segunda parte
El día en el que recibió ese paquete de manos de su amiga, envuelto en un papel de regalo que posiblemente había encontrado en alguna papelera, lo recuerda como uno de los pocos felices de su estancia en el circo. Habían pasado tan solo dos semanas desde su secuestro, y cuando la puso en la caravana mientras todos los demás estaban metidos en la carpa del circo, comenzó a escuchar las noticias acerca de su desaparición. Tuvo que escuchar los desgarradores llantos de su madre, y la voz tíbia de su padre, que se notaba que intentaba no llorar para no poner peor a su mujer. Daban cien mil euros por el rescate de su pequeña Marian, pero no sabían que sus secuestradores no querían dinero, si no alguien que hiciera todas las tareas y que aparte fuera buena en alguna disciplina para ser útil también en el circo. Marian era la campeona de Francia en ballet, y la tercera mejor del mundo.
El dueño del circo, Mâlik, no se podía arriesgar a introducir el número artístico de Marian estando la noticia de su secuestro en todos los medios y siendo tan reciente, por lo que había decidido esperar a que pasaran tres o cuatro años para dar el bombazo. No obstante, le hacía entrenar todas las noches los números musicales que había aprendido durante su estancia en la escuela de Danza de la Ópera de París. Aunque las actuaciones glamorosas a las que ella estaba acostumbrada no eran las que el circo necesitaba, sino algo con mucho gancho y más espectaculo, luces, leones, etc. En una palabra, era lo que ellos resumían en PEA –Peligro, Espectáculo y Atracción. Mâlik la obligaba a hacer esos ejercicios para que no perdiera su elasticidad y la costumbre.
jueves, 22 de julio de 2010
Capítulo I
El sonido que las ruedas de los camiones hacen en los baches la despiertan. Por un momento se había olvidado de donde estaba, pero el olor a animales mal cuidados le ha recordado su sino. Se despereza, se levanta y se va dando trompicones hacia el estrecho lavabo. Abre el grifo y despues de aguardar un tiempo prudente de espera -en el que el agua sale turbia- se lava la cara y se quita los trozos de tierra que aún le duraban desde la noche anterior. De repente, siente que la caravana se para, aliviada, decide salir a ver si han parado a desayunar, pero antes de darle tiempo a que haga nada, entra Nabirye a llamarla. Resulta que habían pinchado y él quería que Marian cambiara la rueda.
Tras la discusión, Marian salió disparada, maldijo a todos esos animales que la rodeaban y cogió el gato para cambiar la rueda. Ya estaba otra vez manchada hasta las cejas, y no le tocaba ducha hasta dos días después. Marian sabía hacer cosas inimaginables para alguien de su edad: lavaba la ropa de todos los del circo, planchaba, cocinaba, hacia las camas… Cuando en realidad ella tendría que estar pensando en salir, estar con sus amigas y su novio…
Día si y día también se preguntaba cómo había podido acabar así. Si se lo hubieran dicho hace tres meses nunca se lo habría creído. Pero no le gustaba pensar en eso, ya tenía suficiente con maldecir aquel fatídico día de junio todas las noches antes de acostarse.
Decidió apurarse y se metió en la caravana de nuevo, se puso el delantal y comenzó a cocinar. Los circenses eran en su mayoría árabes –aunque también había unos pocos franceses-, y les gustaba una comida muy rara a la que Marian no estaba acostumbrada. Tenía muchas especias y con un sabor muy fuerte, con lo que el olor a comida y a aceite de girasol rehusado se le impregnaba por todo el cuerpo dándole un aspecto de reptil asqueroso. Sólo se lavaba con una manguera una vez a la semana, aunque los demás se duchaban antes de cada actuación. En el “Cirque le Papillon” trabajaba gente de todas las edades, gente interesante, gente odiosa, gente simpática y gente manipuladora. Abundaban sobre todo estos últimos, que eran los que habían decidido secuestrar a Marian.
Una vez echa la comida –hadj, atayef y mamul, al estilo pobre- decidió tumbarse en el “sofá” y darse el único lujo que había en esa comunidad –o secta como lo llamaba Marian- : escuchar la radio.