Mientras tanto, en París, Pierre y Marget celebraban el cumpleaños de su hija como si estuviera allí, compraron su postre favorito y cocinaron para ella. Lo único que cambiaba era su ausencia, y que tuvieron que soplar ellos mismos las velas. Marina no estaba con ellos, llevaba tiempo ingresada en una clínica psiquiátrica después de haber sufrido el tormento de tener que ver cómo su hermana era secuestrada. No había podido soportar el dolor de contárselo ella misma a sus padres, era madura, pero no tanto. No conseguía conciliar el sueño y no hablaba. Los tres tuvieron tratamiento psicológico pero el doctor les recomendó que la ingresaran un tiempo debido a su estado de shock. El secuestrador no les había robado a una hija, si no a dos. Cuando comieron el pastel –una de las pocas cosas con las que habían llenado su estómago en las últimas semanas- Marget se dirigió a la ducha y su marido a la cama. Sólo eran las tres de la tarde, y lo único que hacían era dormir y comer. Ya casi no hablaban, y la relación se había hecho más fría de lo que acostumbraba ser, a pesar de que para los demás seguían siendo la pareja del año, siempre tan felices y queriéndose en público. Qué fácil era engañar a los demás.
Tras la ducha, Marget telefoneó a la policía, para saber si habían descubierto el más mínimo detalle de la investigación. Siempre lo hacía a las quince y cuarenta y cinco minutos, había pillado esa costumbre y lo hacía sin necesidad de mirar el reloj. Había cogido cierta confianza con el policía que estaba al otro lado del teléfono, no sabía ni cómo ni porqué pero le tenía un cariño especial, y le parecía que él sentía lo mismo. A lo mejor sólo eran fantasías de una cuarentona cuyo marido es un imbécil, pero le gustaba creer que para los ojos de los otros hombres aún continuaba siendo atractiva. Pero ese día el policía que cogió el teléfono no era el mismo que todos los días, su voz no era tan rasgada como el de su amor platónico, así que olvidándose de su hija, preguntó por el otro policía, que resultaba que estaba de vacaciones. Colgó. Comenzó a llorar. Era el único momento del día en el que no se sentía desdichada por la vida de apariencia que llevaba, pues aquel apuesto policía la hacía evadirse de su mundo. Volvió a marcar el número. El mismo policía le preguntó amablemente qué deseaba y ella le preguntó por su hija, pero no descubrieron nada nuevo. Colgó sin decir adiós siquiera. Cogió su abrigo de piel de zorro y salió a la calle, en pijama y con ese abrigo. Se fue al veinticuatro horas de la esquina y compró un paquete de tabaco. Nunca había fumado, pero todas sus amigas le decían que cuando estaban agobiadas cogían un paquete y era lo único que las tranquilizaba. La primera calada le supo a cenicero, pero después fue sintiendo cómo el calor del humo entraba por su garganta y le calmaba su ansiedad. Anduvo un par de horas vagando por el vecindario y volvió a casa. Su marido no estaba en cama. Sin preocuparle mucho lo que podía estar haciendo, se tumbó en la cama y encendió la tele, que hacía más de dos semanas que no veía. Qué curioso, esa noche en la cuarta cadena emitían un reportaje sobre la desaparición de la hija del famoso empresario parisiense, afirmando que tenían información privilegiada aportada por la adinerada familia. Todo patraña y asco pensó Marget. Apagó la tele y encendió otro cigarrillo, posteriormente se quedó dormida.