Esa mañana recuerdo que me levanté temprano a pesar de estar en vacaciones navideñas. No sé por qué, pero tenía una extraña sensación metida en el cuerpo, como esas veces que sueñas algo y cuando despiertas no sabes si era verdad o no. Decidí aceptar esa teoría -la del sueño- y me levanté de mi cama. Busqué con los pies las zapatillas, no sabía por qué, pero cada vez que me acostaba las dejaba juntas y cuando me levantaba las tenía muy separadas. Cuando por fin terminó la operación búsqueda de zapatillas de casa, me incorporé. Un desconcertante escalofrío seguido de un dolor de huesos me percorrió el cuerpo. Hice la cama -mal, como siempre- y abrí los estores color añil con cuidado. Miré hacia fuera, y parecía como si hubiese nevado durante la noche, algo raro teniendo en cuenta que vivo en la costa... Bajé despacio las escaleras, aún con los ojos más cerrados que abiertos, pero conocía esas escaleras, las había bajado y subido un número incontable de veces teniendo en cuenta que llevaba viviendo en esa casa desde mi nacimiento, hacía dieziocho años ya.
Al final de las escaleras se extendía una amplia sala, donde estaba el salón, y separada de este por un pequeño tabique, se encontraba la cocina. Las escaleras estaban en mitad del salón, a la izquierda, había un sofá de tres plazas y al lado un sofá orejero de color negro; las paredes de esta habitación eran de un gris azulado. Enfrente de los sofás, se encontraba una mesita de cristal solamente, sin ningún otro elemento, y enfrente de ella, colgada de la pared, la maravillosa televisión, capricho de mi padre. Detrás de las escaleras estaba la mesa donde comíamos todos los días, de madera oscura y las sillas de cuero negro. En las paredes había cuadros que mi madre había pintado antes de marcharse, y que eran el único recuerdo que me quedaba de ella. La cocina era muy acogedora: tenía una mesita pequeña y redonda, sin sillas -ya que comíamos en el salón- y unas alacenas blancas que las habíamos comprado porque estaban de oferta en Ikea. Lo cierto es que con nuestra casa podíamos montar una tienda de Ikea, porque todos los muebles eran de esa cadena.
Cuando llegé al final de las escaleras, no vi a mi padre como costumbre haciendo las tostadas y untandolas con mantequilla, pero después me di cuenta de que ese día me había levantado muy temprano, asi que decidí que, por una vez, sería yo la hija ejemplar, la que hiciese el desayuno. Me puse manos a la obra. Abrí las puertas de las alacenas y comencé a buscar los ingredientes para hacer tortitas. Bien, no sabía hacer tortitas. Subí a mi habitación a buscar en internet la receta, la imprimí y bajé abajo corriendo. De repente me sentía con muchas fuerzas, y el dolor de huesos que me había invadido al despertarme ya había desaparecido. Lo que permanecía era esa extraña sensación, y eso era algo que me desconcertaba...
Continuará..
5 comentarios:
Tiene buena pinta :) yo también
te sigo y me declaro fan de Amelie :)
Un besito!!
¡Yo quiero leer más! :D
Un beso.
Que continúe pronto :).
Qué blog tan genial!
¡Pero cómo puede ser que no sepa hacer tortitas!
(un miau
de pastel de queso)
Pasate por mi blog, en la entrada "Muuchas requetegracias:)" te espera algo! ;)
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