miércoles, 4 de agosto de 2010

Capítulo II completo

Las doce del mediodía y Marian sigue durmiendo. Marina llega corriendo y cual corcel desbocado se tira encima de su hermana mayor. Marina sólo tiene 15 años, pero es casi más madura que Marian, siempre lo había sido, y no en el sentido de ser más responsable o más obediente, si no que a ella le interesaban cosas de “mayores”, el buen cine y la buena música, estudiaba poco pero sacaba muy buenas notas porque era muy inteligente y tenía mucho bagaje cultural, de tantos libros que se había leído. Su hermana sin embargo sólo se preocupaba por los chicos, las drogas, las discotecas y la ropa. Y por supuestísimo, su móvil. Casi no vivía sin él. Marina aún no tenía móvil, no lo necesitaba, se pasaba todo el día en la calle, por lo que si alguien le quería decir algo, sólo tenía que salir a buscarla.

Ese era un día especial para ambas, hacía ya tiempo que no hablaban de sus cosas, como solían hacer cuando eran más pequeñas, por lo que un día Marina salió disparada de su cama para hablarlo con Marian. Ella, pasota como siempre, dijo que hiciese lo que quisiera, y que si quería quedar con ella que podía hacerlo al día siguiente, así que a las siete en punto de la mañana la pequeña Marina salió a despertarla, pero sólo recibió como respuesta un portazo en toda regla. A las doce del mediodía, momento en el que comenzabamos este capítulo, la fue a despertar para ir a comer juntos al Mystic Café’m, el restaurante preferido de las dos, al que antes solían acudir a menudo. Antes, cuando todo era distinto. Como Marian parecía no estar por la labor de despertarse, Marina comenzó a vestirla ella misma, luego le llevó el desayuno a la cama –tostadas siempre con pan Bimbo de corteza blanca, untadas en mantequilla y mermelada-. Tras desayunar juntas, Marina la convenció para que fueran andando hasta la plaza juntas, quería sacar una foto de recuerdo de aquel día, con lo que cargó la cámara comprada con sus ahorros al hombro, y comenzaron la caminata. Una vez en la plaza, pintaron el imbécil como nunca lo habían hecho, se rienron y se sintieron realmente felices de volver a estar juntas y sentir esa conexión que siempre habían tenido. Cuando llegaron al Mystic Café’m, escogieron una mesa bajita en la que había que sentarse sobre unos amplios cojines de agua, y pidieron dos hamburguesas de pollo con té de frambuesas –misteriosa combinación, solía decir su padre en aquellos tiempos en los que iban los cuatro-. Curiosamente, la camarera las reconoció, y se alegró tanto de verlas que quedaron en tomar algo otro día. Aunque ninguna de las tres sabía que ese día nunca llegaría.


Al caer la noche, Marina le tenía preparada una sorpresa a su hermanita. No sabía si le gustaría, pero era algo que le había prometido hacía muuucho tiempo, tras una apuesta estúpida de niñas pequeñas, pero que a ella nunca se le había olvidado. Las entradas las había comprado por Internet y eran carísimas a pesar de que las críticas hacia ese circo no eran muy buenas, pero era el único que había en ese momento por la ciudad. Aunque aún quedaba un montón de tiempo por delante hasta la sorpresa final. Tenía pensado realizar un album con todas las fotos que hicieran ese día y más tarde regalárselo a su hermana, para que siempre tuviera en mente ese magnífico día. Fueron a la pista de patinaje, a ver una película de estas cómicas que sueltan chorradas y que no puedes parar de reíte durante horas, incluso cuando ya te has acostado, pero que de repente te acuerdas de ese detallazo y te ríes a morir. A las nueve comieron manzanas asadas en un puesto ambulante, pero como sabían mal decidieron tirarlas y comer en la pizzería de una amiga de Marina.

Pero llegó el momento de la sorpresa. Marina esperaba que su hermana se sorprendiera como cuando somos pequeños y nos toca abrir los regalos de Navidad que Papá Noel nos ha dejado debajo del árbol.

Fueron andando hasta llegar a la plaza de la ciudad, a lo largo de la calle había mucha gente, y Marian no lograba adivinar qué era lo que estaba pasando allí o a donde la llevaba su hermana. Cuando lograron avanzar sobre la multitud allí congregada, Marian lo vio. Frente a ella se alzaba una majestuosa carpa de forma circula cuyo techo tenía forma de embudo al revés. La tela era como de saco, y tenía un estampado a rayas. Fuera de ella había un hombre gritando a toda voz como si su vida fuera en ello “Bienvenidos al Cirque le Papillon”.


2 comentarios:

Yolanda Quiralte dijo...

Pero buenooo, ¿¿y yo por qué no he descubierto este blog antes??? Jummm si me das un poquillo de tiempo me lo leooo todo. Ahora ando escrbiendo en plan "monje de clausura mental". Un abrazo y gracias por pasearte por mi blog.

Soñadora E dijo...

Veo que estas escribiendo una historia, pinta muy bien, me pasare para leerla!!
Un besazo