miércoles, 4 de agosto de 2010

Capítulo I tercera parte

Amélie entró en la caravana, y desperto a Marian de su mundo, intentó sacarle –como siempre- cómo había sido su secuestro, y también le recordó que tenía que ser fuerte, porque Mâlik no querría soltarla nunca. Amélie siempre le había prometido que en cuanto pudiera irse a otro circo de mayor prestigio, la sacaría de allí, y la llevaría con ella. Le daba tanto asco pensar en la obsesión que Mâlik tenía con ella que se levantó del sofá y se alejó corriendo de aquellos recuerdos que le pesaban en su memoria y en su corazón. Amélie era una buena amiga pero no paraba de intentar que le contara todos los detalles del día en el que se había unido a ellos. Ni ella se acordaba con claridad de los sucesos. Una especie de niebla densa se había apoderado de esos recuerdos, y no quería que se le fueran por la boca. Le pasaba algo como a las embarazadas, que tras tener un bebé, algo en el cerebro les hace olvidarse concretamente del dolor insufrible que han pasado. Cosas de la ciencia y la naturaleza. Ambas inteligentísimas, que hacen cantidad de cosas pensadas para hacer perpetrar la humanidad –por lo menos hasta que los propios humanos la destruyan-.

No tenía reloj, pero por la posición del sol creía que serían sobre las cinco de la tarde. Era lo bueno de no tener recursos, que uno aprende cosas impensables. Marian se había dado cuenta de muchas cosas desde que la habían secuestrado, y, por supuesto, había madurado de vez, aprendiendo a hacer miles de cosas. Nunca había pensado que su secuestro tendría algo positivo, pero fue en ese instante, estando sentada en lo alto de un acantilado y con la brisa acariciándole la cara –como solía hacer su madre- cuando descubrió lo que ese terrible episodio de su vida le había proporcionado: sabiduría. Si, había aprendido más cosas de las que habría podido pensar que haría nunca. Y es que Marian, en su pisito lujoso de París, era una chica de lo más pija e insoportable que te puedes echar a la cara.

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