jueves, 12 de agosto de 2010

Capítulo III Primera parte

Cuando dejó de pensar en su gran vida anterior y en cómo había llegado hasta donde estaba, se dio cuenta de que debía de ser tardísimo pues ya estaba anocheciendo. Los del circo la iban a matar, no tenía ni la cena echa ni había echo la colada. Preparada para recibir un buen rapapolvo, cuando llegó todo estaba en perfecto estado, la cena servida y la ropa tendida sobre un tenderete bastante mal improvisado. Marian no entendía nada ¿Quién había echo todo eso por ella? No tenía demasiados amigos allí, diez u once, pero nada más, y si Nabirye o Mâlik se enteraran de que otros estaban haciendo su trabajo se esperaba lo peor. Pero de repente se dio cuenta de que allí no había nadie para comer, así que decidió ir a la caravana de sus “jefes” por llamarlos de alguna manera. El circo estaba también dividido por jerarquías, estaban los altos cargos que vivían en una caravana con todo lujo de detalles, y luego estaba el resto, dividido en otras quince caravanas que eran de lo más normal tirando a pésimo.

Le Papillon había alcanzado una fama considerable en los últimos diez años, y era un circo destinado a los adultos, con acrobacias y números de fuego en su cartelera principal, no estaba dedicado a los niño y no había payasos. Había animales pero lo cierto es que los trataban muy bien, no como suelen hacer el resto de circos, y entre ciudad y ciudad no viajaban con ellos, tenían unos cuidadores especiales que se encargaban de ellos.

“¡Sorpresaaaaa!”

Marian se estremeció cuando vio salir a todos los de su caravana de debajo de las mesas “Feliz cumpleaños cariño” le dijo Amélie. “¿Qué? ¿Hoy es el dieciocho de noviembre?” Había perdido por completo la noción del tiempo y allí ya no tenía ganas ni de mirar el calendario.

Habían cocinado para ella, algo que nadie había echo desde hacía mucho tiempo. Y de postre aparecieron con su pastel preferido –macaron de chocolate y vainilla-. Después de darse el festín llegaron los regalos, que eran de lo más originales. Amélie le dio un vale por todo su amor, Pierre la obsequió con una camiseta muy rosa y Francesca, Philippe y Moraima con un regalo conjunto que consistía en un neceser con un cepillo y pasta de dientes y un champú. Se emocionó tanto que le saltaron las lágrimas a borbotones. Todos fueron a consolarla, y pensaron en lo mal que lo tenían que estar pasando sus padres por perderse el veinte cumpleaños de su hija.

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